Carmen se despertó tarde esa mañana. Se había pasado parte de la noche en la mesa del salón con el ordenador estudiando para las oposiciones, buscando información y tratando de distraerse, de tener la mente ocupada. Hoy no tenía que ir al hospital donde hacía el PIR. Y, por primera vez en tres años, se alegraba de no tener que trabajar. Aunque el lunes tenía que volver, esperaba estar mejor para entonces. Se sentía demasiado herida, demasiado traicionada y vulnerable para enfrentarse al mundo en ese momento. Se pasaría el fin de semana en casa. En casa de Mónica, más bien.
Se estiró y movió el cuello. Tenía los musculos doloridos y lo que parecía una contractura en la espalda. Recordó lo que había pasado la tarde anterior, cuando llegó a casa de trabajar, con comida china del restaurante favorito de Jorge, y le entraron ganas de llorar. Pero no lo hizo.
Mónica se desperezaba a su lado. Su amiga le había cedido media cama pues en su apartamento no había mucho espacio. Además de Ana, ahora vivía otra chica allí. Tenían nueva compañera. El sofá era durísimo y estaba tan viejo que tenía un muelle suelto.
-Buenos días- dijo Mónica, bostezando-¿Qué tal te encuentras?
-Pues, para haberme encontrado a mi novio poniéndome los cuernos otra vez, estoy bastante bien.
-Pregunta tonta, lo sé. Lo siento- dijo Mónica- ¿Hago café? ¿O sigues con las infusiones?
- Hoy me apetece café- dijo Carmen levantándose- pero ya lo hago yo, no te preocupes.
Fue a la cocina y bebió un vaso de agua. Luego buscó el bote de cristal donde guardaban el café molido. Todo seguía estando en el mismo sitio que cuando ella vivía allí,aunque hacía ya unos tres años que se había ido a vivir con su novio.
-Con lo maníatica que es Mónica casi no es de extrañar- pensó- y Ana no sabe freír un huevo, no creo que pise la cocina.
Carmen había limpiado la cafetera y la llenó de agua. Puso un filtro nuevo y café en abundancia.
- Lo que no sé como es la chica nueva, aún no la he visto.
Siempre que Carmen venía a visitar a Mónica, esta estaba sola. Ana trabajaba en un teatro, de actriz secundaria y Laura, la nueva compañera, tenía un trabajo por la mañana y otro los fines de semana.
Mientras preparaba el desayuno su mente volvía una y otra vez a la noche anterior, a Jorge.
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jueves, 17 de noviembre de 2016
Fragmento 4 de 'Viviendo en punto muerto'
lunes, 5 de septiembre de 2016
Fragmento 3 de 'Viviendo en punto muerto'
Había perdido su móvil unas cuantas veces esa noche, no era capaz de recordar dónde dejaba las cosas. Su amigo Carlos le había llamado hacía horas para ir a tomar algo pero Raúl le colgó el teléfono sin siquiera despedirse. Solo quería dormir pero era incapaz de estar quieto el tiempo suficiente para conciliar el sueño. Se tumbaba en la cama, daba un par de vueltas y volvía a levantarse.
Su padre llegaría por la mañana muy tarde. Lo sabía de otras veces. Se había ido a cenar con unos clientes. El chico prefería no saber que hacía después.
El malestar aumentó de golpe, mientras estaba en el baño de su cuarto. Comenzó a sudar frío y a temblar. Además le empezó la taquicardia. Abrió el grifo y se lavó la cara, se puso la mano mojada en la nuca y luego en la frente. Mientras las gotas de agua resbalaban por su rostro se repetía una y otra vez que no era nada, que se pasaría solo al cabo de un rato.
En los últimos meses le había ocurrido en varias ocasiones. La angustia le atrapaba para luego esfumarse dejándole agotado, pero esta vez no fue así.
lunes, 18 de julio de 2016
Fragmento 2 de 'Viviendo en punto muerto'
Raúl siempre había sido un buen chico, estudioso, deportista y amable. Miguel trataba de mantener la calma y tratarlo como siempre. No entendía lo que le ocurría, pronto cumpliría los dieciocho así que no podía ser cosa de la edad. El divorcio le había afectado, pero hacía más de cinco años de eso.
Aquella mañana de sábado, cuando Miguel despertó, el muchacho ya se había ido. Le había dejado café hecho y tostadas, como solía hacer cada mañana. A Miguel se le daba fatal cocinar. Esperaba poder hablar con él, averiguar de una vez que le ocurría. Tal vez llevarle a pescar al río, como hacían cuando era más pequeño. Para él siempre sería aquel niño de pelo negro ensortijado y mirada perpetuamente seria, aún cuando sonreía.
-Pero es casi un hombre-se dijo- el curso próximo se irá a la universidad.
Tal vez ir a ver un partido, o la sierra a hacer senderismo, cualquier cosa valdría. E incluso podía organizar unas mini-vacaciones. Tal vez el cambio de aires le ayudase a sincerarse con su padre.
-Igual solo es que ha conocido alguna chica, igual solo se ha enamorado- pensó Miguel, tratando de quitarle importancia, de dejar de preocuparse.
Pero algo no le cuadraba en el comportamiento de Raúl. Miguel no sabía lo que era, pero no parecía mal de amores. Parecía como si su hijo hubiese cambiado en los últimos meses. Trató de encontrarle sentido, de recordar cualquier situación, cualquier cambio que justificase aquello, pero no halló nada.
Estaba terminado el café, aún en pijama, pensado que ojalá Raúl volviese pronto, cuando una llamada cambió sus planes. Era del despacho. Su trabajo, como siempre, le reclamaba. Y el siempre acudía.
lunes, 4 de julio de 2016
Azul
Yo la había cerrado para ocultar la luz del mediodía que entra a raudales por la ventana y poder ver la oscuridad. Porque antes me gustaba el azul, pero ahora no lo encuentro. Miro sus ojos, el mar, el cielo,... Y son grises.
Me mira consternado, con una expresión preocupada. Deja en la mesilla las pastillas, junto al vaso de agua.
—¿Estás bien? Tal vez deberíamos avisar a alguien.
Me levanto con dificultad de la cama, dolorido y adormilado. Estoy como en babia todo el tiempo, con la mente lenta y el pensamiento disperso. Ya no es el negativismo, el gris de mis pensamientos. A eso estoy acostumbrado. Es el gris del exterior lo que me preocupa.
Estos días noto que mis movimientos son también más lentos. Estoy entrando en una especie de letargo. Todo se ralentiza y el mundo, la gente y la vida misma va a un ritmo que no soy capaz de seguir. Pero lo que más me inquieta es la falta de capacidad para disfrutar.
—Estás bien, al menos estás cuerdo—dice él mientras me tomo las pastillas.
lunes, 27 de junio de 2016
Fragmento de " Viviendo en punto muerto"
-¡Ei!, Raúl, tío. ¡Cuánto tiempo!-dijo el chico, rubio y alto, sonriendo.
-Hola Carlos-dijo Rául, con su seriedad habitual.
-¿Cómo estás? Hace mazo que no nos vemos. ¿Cómo te va?
-Bien, bien. Todo bien.-Raúl titubeó un momento antes de continuar con una charla insulsa- ¿Y tú?
- Bien, voy a comprarle algo a mi chica. Oye, nunca creí que lo dejarías. En el equipo te echamos todos de menos. ¿Por qué no quedamos para una pachanga alguna vez?
-Sí, claro, algún día-calló un momento y luego añadió- Avisadme cuando quedéis
Echó a andar, pero su amigo le retuvo cogiéndole del brazo.
-Espera , hombre ¿Y si te pasas por el entreno un día de estos? Todos se alegrarán de verte.
sábado, 21 de mayo de 2016
Micro-relato: Amanecer
En la ventana aparecen por fin los primeros rayos de sol, que se filtran a través de las cortinas. Estuve despierta en la oscuridad esperando este momento, esperando que el sol asomase al fin y volviese a estas tierras yermas para llenarlas de luz, dándoles un poco de calor. Le velé toda la noche deseando que amaneciese, tranquila y sin moverme mucho. Me entretuve con el divagar de mis pensamientos. Le di vueltas al concepto de lo efímero. Nunca se sabe cuál puede ser nuestro último día.
Aquí las noches son frías y se hacen eternas, aunque los días silenciosos transcurran entretenidos y con mucho trabajo. Cuidamos los cultivos, los huertos, los animales y las máquinas. De ellos dependemos los colonos para tener alimento, agua y aire a diario, y por eso los mimamos. Y además escribimos estos diarios y grabamos vídeos de nuestras actividades, dejando la primera impronta humana en un mundo que es nuevo y antiguo a la vez.
Mi compañero se renueve en la cama cuando la luz del amanecer lo despierta. Quiero que me vea a su lado cuando abra los ojos, que vea como lo miro, como velo su frágil y febril sueño. No me eligió ni yo le escogí. Fue el azar, quizás el destino, quien nos unió. O tal vez solo un algoritmo en un ordenador lo que consiguió que concidiesemos en el tiempo y el espacio. Todo lo demás es solo nuestro.
Tendré que limpiar sus heridas otra vez, cambiar el sucio vendaje, y le va a doler. Siempre aprieta los dientes y nunca grita, pero yo se bien lo que duele. A su lado, ni siquiera esta misión de colonización marciana en que vivimos me parece solitaria. A mí, que siempre me sentí sola. Ni siquiera el insomnio ni la larga noche me atormentan, porque él me recuerda que siempre amanece de nuevo. Pero, ¿por cuánto tiempo?
miércoles, 11 de mayo de 2016
Mentes desamuebladas, fragmento 2 del diario de la novata
Una vez en el aire, cuando yo pensaba que Héctor iba a poner el piloto automático, suelta los mandos de repente y la nave empieza a caer en picado. Reacciono rápido, sujeto con firmeza el timón y la enderezo de nuevo casi antes de que el capitán empezase a maldecir.
-Coño, García. ¡Deja de hacer eso ya, joder! Que vamos a tener un disgusto-refunfuñó mientras se limpiaba el agua que le había empapado la camisa.
También es mala suerte que la maniobra le pillase bebiendo.
-Solo ponía a prueba a la novata, el último que tuve se cagó en los pantalones y casi nos la pegamos- repuso Héctor García, con una sonrisa socarrona.
Me mira fijamente y me señala con el dedo.
-Tú, reaccionaste cinco milésimas de segundo tarde. En el aire el tiempo es oro. Aunque no ha estado mal.
"El tiempo es oro", como recordaré en el futuro esa muletilla tan propia de Héctor. En las siguientes semanas se la oiré decir unas mil veces.
Pero volviendo a esa noche, tras dar un par de vueltas a la ciudad algo llama la atención de uno de los tres ojeadores que van en la nave con nosotros. Es un bulto informe que puede ser una persona o tal vez solo ropa atada a la barandilla de seguridad de una azotea. Héctor pone el motor al mínimo de revoluciones y nos acercanos para mirar.
Con las gafas de visión nocturna y ya más cerca del inmueble, el ojeador confirma sus sospechas. Se trata de un chico encaramado a la valla por la parte de afuera. El capitán me manda rastrear en busca de la señal de un chip.
-No hay nada, ninguna señal en el radio de unos 500 metros- digo tras unos minutos muy tensos para mí, en los que miro aturdida la pantalla verdosa del radar de seguimiento de chips.
-Díaz, llama a la central. Que avisen a Tobías y le metan prisa. Y que manden un par de naves más para desplegar la red bajo este edificio. De momento no nos acercaremos más, puede saltar en cualquier momento.
Me pasan unas gafas y pongo todo el aumento para observar de cerca al sujeto.
-¿Y bien novata, qué ves?-me pregunta Díaz, el ojeador, pasándose los dedos por su pelo corto y oscuro.
-Varón, entre 16 y 20 años, alto, al menos un metro noventa y de complexión muy delgada, ropa de deporte oscura, pelo largo y...-Me detengo, me saco las gafas y se las devuelvo-se está sentando en la cornisa.
-Creo que al final si podemos acercarnos y desembarcar en la azotea-dice el capitán sacándose sus lentes-Parece tranquilo. Esto va para largo. Te aproximarás despacio a la zona contraria del edificio, sin aterrizar, y saltaréis solo vosotros dos.
La nave se acerca lo máximo posible y bajamos saltando. Caigo mal y me pelo las manos al apoyarlas en el suelo. Tenía que haber rodado para amortiguar la caída, como hizo el ojeador, pero en vez de eso doblé las rodillas. Es mi primer salto y esto no lo enseñan en las clases de preparación.
-Bueno, la próxima vez será mejor- me digo para darme ánimos. Sé que en la nave, que vuelve a tomar altura, García y el capitán se están riendo de mí y mi torpeza.
En esta zona de la azotea, la más alejada del chico, hay gravilla en el suelo en vez de césped. Díaz y yo nos acercanos con cautela. El muchacho no parece darse cuenta de que estamos aquí. Sigue sentado en la cornisa, con los pies colgando y mirando al vacío. Me pregunto que pasa por su cabeza, si es que piensa en algo. Al llegar junto a él, nos mira fijamente como si viese a través de nosotros. Tiene la mirada perdida de los que están complemente idos. Y un bulto extraño en la mano derecho que tardo en identificar como una pistola.
Díaz y yo desenfundamos a la par. Estoy completamente aterrorizada, mis manos tiemblan sosteniendo el arma. No soy capaz de escuchar las órdenes que me dictan por el auricular en mi oído. Ni siquiera comprendo lo que mi compañero le grita al muchacho. Entonces, el sonido de un motor le distrae y deja de miramos a nosotros. Se levanta y contempla como las naves despliegan la red a sus pies. Pero lo hace ausente. Un sudor helado me recorre la frente y las palmas de las manos. Cuento hasta tres, muy despacio. Uno, dos, tres,...Y al fin vuelvo a tener la facultad de pensar.
Lo mismo parece sucederle al chico, que de pronto se recupera. Su mirada recobra la vida. Y se dirige a nosotros.
-Lo siento-dice- no voy a hacer nada. No voy a hacer nada. Lo siento...
-Tira el arma hacia aquí a través del quitamiedos y levanta las manos-dice Díaz, sin dejar de apuntarle con su reglamentaria.
El chico mira entonces su arma como si no supiese que la tiene en la mano. La arroja con cuidado hacia nosotros y nos enseña las palmas de las manos. Parece aterrorizado, como quién despierta de una pesadilla. Trepo la valla para detenerle, mientras le digo una y otra vez que no se mueva. Le pongo las esposas y le informo de sus derechos mientras el ojeador examina la pistola.
-Es de juguete- me dice- de fogueo, y ni siquiera está cargada.
Las naves desclavan la red de la pared y una de ellas se acerca a recogernos.
-Sácale las esposas-dice el capitán en mi oído-no está detenido, pero debe verlo el equipo médico. Y déjale la brida, por si acaso.
De mala gana obedezco y le explico la situación al muchacho. Creo que el hecho de que no vaya armado no significa que sea inofensivo. Después de todo, seguramente sea un TBP.
Le pregunto su nombre y su identificación para anotarlo en mi registro. Todo lo que decimos, si pulsamos un botón incorporado en el traje, queda registrado en un archivo online. Es bastante práctico. Antes, hace unos cuantos años, había que anotar todo a mano. Recuerdo cuando me lo explicaron en clase. Y mil cosas más que creía inútiles, como el sistema de anclaje de las redes o a diferenciar una pistola de verdad de una falsa. Y me siento un poco estúpida.
-Eh, lo has hecho bien-me dice Díaz en un susurro y bajando aún más la voz añade-yo también me acojoné.
Le muestra la pistola al capitán, que desciende de la aeronave en ese momento.
-¿Habías visto alguna vez un juguete tan bueno?- Dice.
El capitán coge el arma y la examina extrayendo el cargador, sacando y poniendo el seguro y apretando el gatillo.
-Es buena- dice-me habría engañado hasta a mí.
Se queda pensativo un instante, antes de devolverle la pistola de juguete a Díaz.
-Tenemos que investigar quién ha hecho esta maravilla. Algo así, sin marca de seguridad ni seña alguna de que es falsa, no es legal. Subid, volvemos a la comisaría.
Ya en la nave me asalta una duda.
-¿Vuelvo a esposar al chico?-pregunto.
El capitán se rié y me mira.
-No, mujer. Es ilegal, pero una falta menor- dice y recupera la seriedad- No sé que demonios os enseñan en la academia hoy día.
-Es mi novata, jefe. Lo que tiene que aprender es a pilotar- responde García- Sentaos y abrochaos todos el cinturón que despegamos.
lunes, 28 de marzo de 2016
Relatos rotos: número dos
miércoles, 9 de marzo de 2016
Relatos rotos: número uno
Romper en aplausos. Romper a llover. Romper a reír. Romper a llorar. Simplemente, romperse.
Hoy necesito hacerme pedacitos, pulverizarme, romperme. Y lo hago con un lápiz oscuro sobre papel cremoso. Me rompo con fuerza y con miedo, con angustia y alegría a la vez. Necesito inventarme, liberarme, abrir las ventanas y soltar esos fantasmas que pueblan mi desván, mi cabeza.
Todo se lo debo a ella, que no me lee, no me escucha ni me ve. Que no siente como me rompo en trocitos cada vez que me roza, que me habla, que me mira.
Ella, mi amiga. Ella, el amor de mi vida. Todavía recuerdo su expresión cuando me atreví a dejar volar esas palabras, esos sentimientos, que planearon sobre nosotros desde entonces. Creo recordar que me llamó idiota, se rió con su risa sarcástica y amarga y me miró como a un niño desamparado. Pero es así, es la mujer de mi vida. No la primera, pero tal vez la última, porque no puedo ni quiero soñar con otra.
Y hoy necesito dejar ir ese amor desvelado, torturado e imposible. Hoy necesito verla como ella quiere que la vea, ser sólo amigos, ser lo que ella desea que seamos. Porque no me ama como soy, nunca me amó. Solo quiso la idea de lo que pude llegar a ser y nunca seré. Incluso llegó a decírmelo hace tiempo y tuve que tragarme mi dolor junto con mi orgullo testarudo.
Debo dejarla ir y, para eso, dejar ir lo que soy. O gran parte de lo que creo ser. Romper. Romperme. Destrozarme. Para poder volver a construirme. Para construirla de nuevo en mi mente, tal y como es y no como yo la veo.
Y romper. Romperme. Y romperla.
lunes, 7 de marzo de 2016
Mentes desamuebladas: Ex-patrullero
Es casi medianoche, estoy en un extraño sopor cercano al sueño y llaman al portal. Me levanto del sofá y abro sin más. Solo puedes ser tú, que otra vez te has escapado del curro. Empieza a ser una costumbre y me recuerdo que debo decírtelo, advertirte antes de que tengamos un disgusto. Abro la puerta y ahí estás. Traes la lluvia en los ojos, frescura en el cuerpo y frío entre las manos. Antes de preguntar que pasó, que tiene mi niña; saco esa botella de la que solo bebes tú, hielo y un vaso. No decimos nada durante un rato y miro como se consume el cigarrillo entre mis dedos. La rutina suele ser copa, charla y cama. Luego te vas antes de que se den cuenta de tu ausencia. Me gustaría que te quedaras, que durmieses conmigo y poder decirle a tu yo dormida lo que no puedo prometerte cuando estás despierta. Todo irá bien. Cuidaré de ti. Saldremos adelante. Y otras mentiras que me gustaría hacer realidad. Pero antes de que me de cuenta te despides con un beso y sales por la puerta. Echo la llave y me quedo rumiando. Pensamientos aderezados con humo. No saldremos adelante. No cuidaré de ti. Ni siquiera creo que todo vaya a ir bien. Apago el cigarrillo en un cenicero donde parece no caber una colilla más. No tenemos futuro. No hay presente. Solo queda un pasado que no acaba de terminar.
Amanece y camino. Me molesta algo que llevo en la mochila. Me pregunto que será lo que se me clava en la espalda. Entro en otra farmacia, la tercera que encuentro abierta a estas horas. No me conocen y me miran mal. Enseño mi tarjeta al farmacéutico, un chico joven y más alto que yo. Me mira desde arriba y al ver el TBP-I me da el tabaco y las pastillas con mala cara. Dice que es el último cartón que tienen. Le creo. En mi farmacia habitual llevan dos semanas sin él. Allí no me miran como si tuviese la lepra, solo me ofrecen algún nuevo producto milagroso para dejar de fumar que siempre rechazo.
Salgo de nuevo. Ya hay mucha luz pero aún no hace calor. Debo darme prisa para entrar a mi hora a currar. Escondo bien la tarjeta y mis reservas de droga. Mucha gente me mataría por cualquiera de ellas. Debo estar alerta, incluso en el trabajo. Ser TBP- I no es bueno, pero las ventajas... Aunque no te dan una vida normal ni te devuelven la salud, mucha gente nos tiene envidia porque se nos permite tomar algunas drogas. Son blandas: tabaco, ansioliticos, tranquilizantes y lo que se dió en llamar el freno. No sé exactamente que es ni que hace. Solo que cada día debo pincharme el dedo para que el escaner vea que me lo he tomado. La información es escasa en los tiempos que corren. Como la comida, las medicinas y el agua potable. Pienso con amargura y me sacudo las malas ideas con un movimiento de cabeza. Paso por el portal donde estaba la pareja de chavales ayer. No están, ni me cruzo con el perro y la chica. Solo hay calles y calles cogiendo temperatura a medida que el sol las calienta. Asfalto quemado de ayer que hoy arderá de nuevo.
Llega el mediodía. Cerveza y comida fría. Creo que olvidé cerrar la puerta. Me invade la angustia. Tengo que comprobarlo. Está todo cerrado con llave pero lo compruebo dos veces. Vuelvo y me inquieto pensando que deje un archivo abierto en el curro. No quiero hacer el ridículo pero la angustia es más fuerte que yo. Acabo llamando y la persona que ocupa mi puesto esta tarde me confirma que todo está cerrado.Me fumo unos cuantos cigarros y las paranoias se van. Me pregunto si te escaparás esta noche para verme. Ni siquiera sé si tienes turno.
Es casi un día nuevo. Pronto amanecerá y hoy no curro. No quiero levantarme. No es por comodidad, es puro agotamiento. Pero necesito un cigarro y nunca fumo en la cama. Cada día hay algún incendio en la ciudad por gente que fuma en la cama. Ayer atendimos tres y eran TBPs, como yo. Lo que no quiere decir mucho porque hoy día somos pocos los que fumamos tabaco. Llamas a la puerta y corro a abrir con el pitillo entre los labios. Veo tus ojos rojos y cansados y hoy no te ofrezco una copa sino mi mano. Te llevo al sofá y nos sentamos. Como siempre, cuesta un poco que te sinceres. Y cuando al fin lo haces no te digo, como hacía antes, déjalo. Ni tienes que salir de ahí. Ni siquiera todo irá bien. Se que nada de lo que diga sirve así que te abrazo y dejo que llores escondida en mi pecho.Cuando te vas tengo la boca seca y la angustia paranoica ha vuelto a emponzoñarme.
Hace tiempo que lo sé. Empiezo a creer que tu también lo sabes. Cuando empezamos te dije que era mala idea, que ni siquiera deberían verte con alguien como yo. En la práctica han dejado de considerarme parte de la sociedad, como pronto te pasará a ti. No puedo casarme, ni tener hijos, ni ejercer una profesión reglada y eso es solo la punta del iceberg. Me han limitado muchos derechos. Cuando te vi ante mi puerta aquel día aún me pareciste normal, por eso te rogué que te fueses. No debían verte aquí. Con el paso de los días comprendí que no pasarás la siguiente revisión. Dirán que estás loca, que tienes "daños cognitivos incompatibles con el ejercicio de los derechos de los ciudadanos". Si el TAC no muestra daños dirán que estás psicológicamente inestable. Y te irán quitando poco a poco todo lo que creías ser. Pero no te preocupes, no es tan malo. Se puede vivir así y a veces es casi un alivio. No tener esas pesadas responsabilidades sobre tus hombros.
No me queda mucho tiempo. La vida pasa rápido. Ya soy TBP- I y se que llega un momento en que todos desaparecemos sin dejar rastro. En los bares, entre cervezas, la gente divaga sobre nuestro destino. Hay quien dice que nos eutanasian, que no se debe mantener a los locos cuando no hay comida suficiente para los ciudadanos normales. Otros dicen que simplemente nos internan en centros, para pasar lo que nos queda controlados y sin dolor, porque hemos degenerado tanto que somos peligrosos para la sociedad. Y nadie se da cuenta de que les puede pasar a ellos, que todos los TBP fuimos ciudadanos de primera una vez. Llega un día en que no pasas las revisiones, que el psicólogo te pilla en hora baja o que, como en mi caso, el escáner muestra anomalías en el sistema nervioso.
Me llaman al vídeo, es raro. Casi nadie me llama desde que ya no soy patrullero. Pero una llamada en medio de la noche solo puede significar problemas. Y así es, la operadora me explica la situación, cómo tantas otras veces, y me dice como llegar al lugar. Por supuesto, es en lo alto de un edificio y esta lleno de patrulleros armados. El chico está encaramado sobre la valla de seguridad, nervioso y dispuesto a saltar. Es joven, unos 16. Le pido a los patrulleros que están más cerca que enfunden sus armas y se alejen. Vamos, solo un poco, digo amablemente. Porque, ¿qué sentido tiene apuntar con un arma a alguien que amenaza con tirarse al vacío? Muchos me conocen y se apartan. Otros me miran por encima del hombro. El capitán interviene y todos enfundan el arma, pero conservan su posición.
Mañana es tu revisión, o eso creo. No hemos hablado de ello. Hoy no espero que vengas a llamar a mi puerta. Conservarás tu trabajo al principio, me imagino. Te sacarán de las calles y te pondrán a cubrir papeleo, como hicieron conmigo. Luego te darán la inutilidad para el servicio y la tarjeta azul, tal vez alguna pastilla. Y más tarde…Bueno, más tarde te pondrán el chip y estarás bajo control. Mi chip se activa si me acerco a una ventana con intenciones de tirarme, si bebo alcohol, si no tomo el freno varios días seguidos y en mil situaciones más. Cuando tengo paranoias fuertes creo que se activará pero nunca lo ha hecho, salvo en mis pesadillas.
Lo bueno del deteriorio cognitivo, si se le puede llamar bueno a algo así, es que vas perdiendo la memoria a corto plazo. Recuerdas parte de lo pasado en los últimos días pero los detalles se van. Y la esencia de la vida está en los detalles. No recuerdo lo que me preocupaba ayer, ni al compañero que me gritó en el trabajo por no tener el papeleo a tiempo. No recuerdo la última vez que te vi, se que hace poco pero, ¿cuándo fue y de qué hablamos? Misterios de una mente desamueblada. Sí recuerdo en cambio el miedo, mi miedo por ti. A que te declarasen TBP, a que perdieses tu trabajo y tu vida por mi culpa pero, ¿sería culpa mía en realidad? ¿No estarías condenada ya antes?
Una patrullera y un TBP-I...¿Qué demonios pasaba por tu cabeza cuando te plantaste ese día en mi puerta? Aunque hace no mucho, apenas unos meses, yo era un patrullero que recorría las calles como tú. Que le tenía lástima a los desechos sociales que son, que somos, los TBP.
Hoy era el día, tu prueba. Lo anoté en la nevera para no olvidarlo. Cada día olvido más cosas, esto va rápido. Y cuando estoy a punto de salir a buscarte llaman a mi puerta. Espero que seas tú. Pero es el capitán, nuestro antiguo jefe.
Siento molestarte, ¿puedo pasar?
Conozco el protocolo, así que me aparto y abro la puerta del todo. Lo que tenga que decirme no va a ser agradable y prefiero entrar, alejarme de la vista de los vecinos y recibir la noticia sentado. Me imagino que se trata de ti.
Camino por un pasillo pintado de blanco.Me cruzo con personas que caminan despacio, con la mirada perdida, recorriendo el corredor una y otra vez. Ese es el futuro que me espera, pero también es tu presente, lo que me resulta aún más aterrador. He venido a despedirme, nos han concedido eso, gentileza del capitán. Me das más datos, 6 meses te han dicho, cómo máximo. Yo te veo despierta y alerta pero antes de que pase un mes serás otro de los fantasmas del pasillo, un ser vacío que espera su final. Y aunque la enfermedad no estuviese comiéndose tu cerebro daría igual, nadie puede escapar cuerdo de aquí.
Ya no recuerdo lo que hablamos, quería anotarlo. Creo que traté de consolarte pero no hay consuelo. Lo peor de enloquecer es que una parte de ti es consciente de que te vuelves loco pero otra no es capaz de detenerse. Y llegó la hora de irse. Me preguntas si volveré, mientres aún me dejen entrar, y te digo que sí. Para mi será peor, ver como te apagas, como dejas de ser tú. A veces olvido que también me estoy apagando y que hace mucho que dejé de ser yo.
Hoy es mi revisión. No me dicen nada, no me dan resultados, solo me dejan en una sala mientras unos médicos discuten, les oigo hablar pero no entiendo lo que dicen. Anteayer, cuando quise ir a verte, no me dejaron pasar. Me explicaron que estabas atada, que te habías puesto mal de noche. Pero aguantaste mucho, más de dos meses. Yo no lo habría hecho mejor. Eres una campeona. Mi campeona.
Y mientras me conducen por el largo pasillo blanco, con sus fantasmas vivos en pijama, ya no me preocupa nada. Solo me queda ser fuerte, como tú lo fuiste.
miércoles, 2 de marzo de 2016
Mentes desamuebladas, fragmento 1: La Novata
Lo que os voy a mostrar hoy es un ejercicio de escritura, un fragmento de una historia en la que trabajo a veces. Más que nada escribo para matar el gusanillo, por así decirlo, pero también para aprender y se me ocurrió crear un futuro distópico para ambientar estos ejercicios prácticos. Es el mundo de los 'patrulleros', del que espero ir compartiendo algún otro fragmento.El de hoy sirve un poco de introducción, para que veais de que trata, pero la historia son varios relatos diferentes dentro del mismo ambiente.
La novata
Hoy estoy nerviosa y entusiasmada a la vez, es mi primer día de trabajo. Desde hoy seré agente de policía, del cuerpo conocido de manera popular como los patrulleros. Eso hacen, patrullar las calles, ser la cara visible de la autoridad, y pronto seré una de ellos.
Somos casi una reliquia de tiempos pasados, en los que había diferentes cuerpos armados y todos andaban por las calles. Hoy todo está más centralizado, todo es más burocrático. Pero yo creo que seguimos siendo necesarios, que es bueno que los ciudadanos sepan que estamos ahí.
No se trata solo de atender las llamadas.Nuestra tarea hoy día es, más que investigar delitos, hacernos ver. Aunque, en una sociedad donde el suicidio es la primera causa de muerte, es importante prestar atención y que alguien detecte esos casos a tiempo. Cada día, personas desesperadas se encaraman a lo alto de un edificio con la intención de acabar con su vida. Por eso, muchos patrullamos desde el cielo. Esa será mi tarea, soy piloto de nave de hasta 8 ocupantes.
Me dirigo al cuartel con paso decidido, con mi ropa en un macuto negro. Ayer me dieron el uniforme, un mono negro con unas franjas azules. Pronto espero llevar las insignias de piloto. Al pasar miro las naves, que están en la azotea de la base, dispuestas para salir a volar. Hoy aún no saldré.
Primero tengo que estar unos días en las oficinas y luego me asignarán un instructor, que será quién lleve los mandos y me irá enseñando el oficio. No me parece mal, me gusta que me enseñen, pero ya sé pilotar sola. O al menos me defiendo bien con una nave. Tengo mucha práctica con el simulador y ya he volado sola en naves en numerosas ocasiones.
Al llegar a la puerta cojo aire, me paro un segundo y la abro. Es algo nuevo, es como empezar el colegio otra vez. La academia se me hizo eterna, los dos años de entrenamiento, de prácticas, de simulaciones. Estaba deseando este momento, lo que no quiere decir que no disfrutase en ese tiempo.
No hay nada que te prepare para lo que pueda suceder ahí fuera, en el aire. Aunque las clases de defensa, de primeros auxilios, de manejo de armas y demás creo que pueden ser útiles. Pero yo lo que quiero es volar y mientras escucho el discurso del jefe mi mente vuelve a la azotea donde despegan las naves.
"La gente piensa que nos dedicamos a vigilar a los infectados, a los TBPs, pero el problema no son ellos. Lo peor, las personas que no manifiestan síntomas, que no llevan el chip ni toman medicación. Personas corrientes, en apariencia, pero que de golpe deciden arrojarse al vacío. La enfermedad avanza tan deprisa en ellos que las personas a su alrededor no se percatan, ni los detectan las revisiones. Es de un día para otro. Nadie sabe el porqué, pero es así."
El capitán habla sin leer sus notas, parece tener el discurso ensayado y memorizado. Me esfuerzo en prestar atención.
"Las alturas parecen fascinarles. No se automutilan, ni emplean una soga o toman drogas ilegales. Tampoco se interponen en el camino de un tren o del metro. En todos los casos sin excepción se tiran desde la azotea de un edificio alto o desde una ventana, saltando las barreras que el ayuntamiento instala por todas partes. La mayoría de las ventanas tienen rejas y no por miedo a los ladrones. Pero siguen encontrando la manera de saltar.
Y ahí entramos nosotros con las naves, las redes y todo un despliegue de medios humanos. Tratamos de salvarlos y nos encargamos de que reciban atención médica. Es lo único que, de momento, se puede hacer".
Se abre el turno de preguntas y un chico rubio muy joven hace la que todos tenemos en mente: ¿cuándo saldremos a patrullar?



