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lunes, 18 de julio de 2016

Fragmento 2 de 'Viviendo en punto muerto'

Miguel estaba muy preocupado por su hijo. Raúl había dejado de jugar al baloncesto, casi no le hablaba, ni a él ni a nadie de su entorno,  y se pasaba todo el día deambulando por ahí, con los cascos puestos a todo volumen. Le habían llamado del instituto varias veces por que el chico no había ido a clase ni dado explicación alguna para justificarse. Su padre había observado que muchas veces se ponía la capucha de la sudadera por encima de sus enormes auriculares, como si quisiese aislarse del mundo. Pero no era eso, en realidad, lo que pretendía.
Raúl siempre había sido un buen chico, estudioso, deportista y amable. Miguel trataba de mantener la calma y tratarlo como siempre. No entendía lo que le ocurría, pronto cumpliría los dieciocho así que no podía ser cosa de la edad. El divorcio le había afectado, pero hacía más de cinco años de eso.
Aquella mañana de sábado, cuando Miguel despertó, el muchacho ya se había ido. Le había dejado café hecho y tostadas, como solía hacer cada mañana. A Miguel se le daba fatal cocinar. Esperaba poder hablar con él,  averiguar de una vez que le ocurría. Tal vez llevarle a pescar al río, como hacían cuando era más pequeño. Para él siempre sería aquel niño de pelo negro ensortijado y mirada perpetuamente seria, aún cuando sonreía.
-Pero es casi un hombre-se dijo- el curso próximo se irá a la universidad.
 Tal vez ir a ver un partido, o la sierra a hacer senderismo, cualquier cosa valdría. E incluso podía organizar unas mini-vacaciones.  Tal vez el cambio de aires le ayudase a sincerarse con su padre.
-Igual solo es que ha conocido alguna chica, igual solo se ha enamorado- pensó Miguel, tratando de quitarle importancia, de dejar de preocuparse.
Pero algo no le cuadraba en el comportamiento de Raúl. Miguel no sabía lo que era, pero no parecía mal de amores. Parecía como si su hijo hubiese cambiado en los últimos meses. Trató de encontrarle sentido, de recordar cualquier situación, cualquier cambio que justificase aquello, pero no halló nada.
Estaba terminado el café, aún en pijama, pensado que ojalá Raúl volviese pronto, cuando una llamada cambió sus planes. Era del despacho. Su trabajo, como siempre, le reclamaba. Y el siempre acudía.

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