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martes, 21 de junio de 2016

Azul Capitana, de María Fornet

En la descripción de este libro se plantea una pregunta: "¿Se puede encontrar el amor en un psiquiátrico?" Y se resume el argumento en una sola frase: "Esta es la historia de Alejandra, su pulsera y su huelga de hambre". Un gran resumen de la novela, sin duda, breve y que incita a leerla sin apenas desvelar nada.

Ya esta primera frase me hizo reflexionar porque el amor no es algo que se encuentre, sino algo que te encuentra y, como en este caso, cobra una forma inesperada. Es algo que aparece en cualquier lugar. Te enamoras de quién menos esperas, de quién menos parece convenirte y cuando menos receptivo estás para ese sentimiento.  Para mí esto no es una historia de amor, el amor es algo que se cuela en la historia de Alejandra. Para mí tiene más peso su hambre y su pulsera. Pero todo: el chico,  el hambre y la pulsera, son solo modos materiales de expresar algo inmaterial. Son una especie de metáfora de algo que vive tan dentro, algo tan enraizado en la mente, que parece imposible de expresar. Pero puede expresarse. Puede cobrar vida propia en objetos, en personas y en el dolor que Alejandra utiliza paradójicamente para sentirse mejor.

Alejandra es un chica fuerte, de personalidad arrolladora, que vive arrastrando un trauma del pasado que parece impedirle ser ella misma e incluso comer con normalidad. La fuerza del personaje tiene su importancia pues muchas veces se culpa al enfermo mental de su dolencia atribuyéndole debilidad de carácter, como si estuviese en esa situación porque le da la gana estar mal, por querer llamar la atención y otras razones cuanto menos curiosas que tengo escuchado. Es un tema sobre el que escribiré mucho pero esta no es la entrada para ello. Esta es una entrada para  Alejandra que, como ya dije, tiene mucho carácter, mucha fuerza y mucha voluntad.

Pero, para mí, la causa de todo no es el trauma que ella arrastra, la causa es orgánica. El trauma es su forma de materializarlo; como la pulsera, como el hambre. Es la forma de hacer de carne y hueso algo que no es más que un fantasma, algo que no podemos herir, ni medir, ni expresar y que  ni siquiera  acertamos a comprender en una mínima parte.  Y mucho menos vencerlo. Es algo que habita en  nuestras neuronas y  que la misma ciencia no ha podido más que etiquetarlo sin  verlo, ni medirlo; sino que se aproxima sin acabar de llegar al meollo del asunto. Pero a través de esa materialización Alejandra le pone cuerpo y entonces, siendo ya real, puede trabajar sobre ello, puede crear arte para expresarlo, para comprenderlo y hacérselo ver a los demás.

Aunque Alejandra sea la protagonista indiscutible y la voz a través de la cual se cuenta esta historia, los demás personajes tienen mucha importancia. Sabrina, la compañera de habitación problemática que acaba por ser su amiga; Vincent, el chico que le gusta, y sobre todo Matilde, la anciana artista ingresada  desde hace años en el centro; tienen un papel muy relevante en el desarrollo de las vivencias de  Alejandra. También, además del resto de internos y del personal del centro, para mí son muy destacables  los padres de Alejandra. Sus padres la ingresan en contra de su voluntad, incluso con una orden judicial. Estas situaciones suelen ser muy traumáticas para el paciente y la familia. Ellos parecen no comprender lo que le ocurrre a su hija, parecen estar hartos y sentirse culpables, pero siempre están ahí arropándola lo mejor que saben. Refleja de un modo muy veraz el papel de la familia en estas situaciones, en vez de limitarse a convertirlos en víctimas o culpables.

En esta novela lo que hace María Fornet me parece muy importante. Le pone voz a la enfermedad mental, la normaliza hablando de ella sin tapujos. Es, en mi humilde opinión, la misión de los escritores; poner en palabras lo que otros no sabemos, no podemos o no queremos expresar. Porque estas dolencias incomodan, se prefiere fingir que no existen, taparlas, fijarse en números y estadísticas y  que parezca que  no son personas quienes las padecen. Pero son personas, somos personas, más bien. Porque a todos nos puede tocar de cerca. Y es de este modo, hablando de la enfermedad mental, de todo lo malo que hay en ella; pero también de la parte buena, que la hay,  como se consigue un atisbo de compresión sobre un tema tan antiguo como el ser humano, pero que aún hoy día se nos escapa. Es necesario liberar a estos trastornos de su estigma y del halo romántico del que el silencio les dota. Es, por tanto, un libro muy necesario.

Por lo que tengo entendido la autora habla desde el conocimiento que su experiencia laboral le ha aportado, al trabajar en centros similares al Roble Viejo que describe en su obra. Creo que solo un buen profesional de la salud mental, o un paciente extraordinario, podría escribir algo así y de esta manera. Y además tenía que ser alguien con mucha sensibilidad para comunicar. Existe en la sociedad un desconocimiento muy grande sobre lo que son estos centros psiquiátricos y las mismas enfermedades mentales, en general. Es algo sobre lo que resulta complicado documentarse si no se conoce de primera mano.

Para terminar, decir que esta obra me ha encantado y que recomiendo que la leáis si os interesan estos temas. También la podéis leer como simple entretenimiento, casi como si fuese una novela ligera. Y lo digo porque está muy bien escrita, con una prosa elegante pero cercana,  fácil de leer y muy amena. Está bien cuidada en todos los aspectos, desde la portada a la forma de escribir. Engancha desde el principio y te mantiene en vilo durante toda la novela. Y se lee realmente rápido, la lectura es muy fluida y agradable. Me he quedado con ganas de más, aunque reconozco que el libro llega a su resolución natural, acaba en un momento ideal para ponerle fin.


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